En 2004 consiguió El Cid su primer Trofeo Yiyo, que le entregó José Vázquez. Aquella feria de su debut en Colmenar cortó tres orejas a un lote de Montalvo

Pocas veces un torero ha sido capaz de hacer brotar a borbotones la sublimidad en el ruedo tantas tardes. Tantas faenas maestras. Tantos momentos de pellizcos en el pecho, de olés a garganta partida, de corazones ingrávidos en busca de un pañuelo blanco que redimiera sus ansias de vuelos infinitos.

Como el músico que acaricia las cuerdas, con temple y a la vez con firmeza, para arrancarles las notas más puras y componer con ellas una melodía de esplendor indescriptible, así Manuel Jesús El Cid rasgueó la bravura de bureles como Guitarrero (Hernández Pla, 2002) o Guitarra (Alcurrucén, 2005) y llenó el aire de Las Ventas de esos sonidos rotos y a la vez profundos, hondos y penetrantes, olés a un tiempo que son el indicio irrefutable de una tarde de sinfonía torera.

Pero, al mismo tiempo, pocas veces un torero ha sido capaz de soportar con tanta serenidad y nobleza que semejantes faenas históricas quedasen sin el sello indeleble de una puerta grande. Claro que este deseo, ya casi convertido en una utopía inalcanzable para el de Salteras, tenía que hacerse realidad en algún momento. Él lo sabía: era consciente de que tanto sentimiento, tanta entrega, tanta verdad no podían quedar agazapadas para siempre por el filo romo de una tizona infiel.

A punto de que las líneas anteriores cumplan diez años, he querido recuperarlas para este homenaje personal a El Cid desde las páginas del libro de fiestas de la Peña El Rescoldo. Y no es que quiera hacer carrera a La Moncloa plagiándome a mí misma: es simplemente que todo lo que de bueno ha podido llegar a sembrar en mí el toreo está contenido en las páginas de Tinta y oro (Ed. Eutelequia, Madrid, 2011). Eso y que, muy probablemente, estas mismas líneas que encabezan mi artículo las escribiera en una tarde de esas que marcan una vida.

El Cid recogía su segundo Trofeo Yiyo como triunfador de la Feria de los Remedios. Lo había sido del ciclo taurino de 2010 tras cortar una oreja a cada uno de los toros de Los Bayones que lidió, acartelado con Sebastián Castella y Alejandro Talavante. El primero lo había logrado exactamente seis años antes, otro lunes de Remedios, después de cortar tres orejas a una corrida de Montalvo. En 2004 empezó para mí, por causas que no vienen al caso, una larga desconexión de Colmenar Viejo. Y en 2010, no sé si por El Cid, por Maxi Pérez, o simplemente porque sí, nos encontramos de nuevo. Algunos sin saber que nos habíamos visto antes, quién sabe dónde, tal vez sin reparar en ello.

Manuel Jesús “El Cid”

Ha pasado el tiempo. Las ferias. Los triunfos. Las apuestas. Unas ganadas. Otras, sencillamente, olvidadas. Que cuando uno tira la moneda al aire, de algún modo, ya nunca puede perder. Y, casi una década después, El Cid merece más que entonces el relato que le dedicaba en Tinta y oro, fusionando su mirada con la de El Cardenal de Rafael Sanzio (1510), sin duda la mejor de las obras firmadas por el maestro italiano que guarda el Museo del Prado.

La mirada del cardenal no deja indiferente. Se antoja dura, pero guarda en su gesto sereno cierta afabilidad. Parece que interpela a quien lo mira, que le hace interrogarse por el sentido de su vida, que busca de él una respuesta a quién sabe qué pregunta.

La seda de su vestido quiere salir del cuadro para ser acariciada. Sus pliegues superan las dos obligadas dimensiones de cualquier lienzo y se aparecen ante el visitante de un modo tan provocador, que a uno le dan ganas de abalanzarse sobre la pintura para sentir en los dedos el tacto de la tela. Su color rojo es tan intenso que hiere. Y el contraste que provoca con la manga blanca es la mejor metáfora del toreo de El Cid: intensidad y pureza. Seriedad. Limpieza. Ortodoxia. Maestría en el trazo. Lances que superan el tiempo y el espacio para partir en dos el alma de quien los contempla.

Igual que Rafael, El Cid llevó durante su juventud una vida nómada. Si el italiano buscaba en los mejores talleres de la época las técnicas que hicieran de él uno de los pintores clave del Renacimiento, el de Salteras se jugaba la vida por los pueblos donde se lidia el toro más duro y donde la mayor gloria es salir indemne del trance para demostrar que lo suyo no era un antojo. Que estaba dispuesto a darlo todo por cumplir el sueño de salir un día por la Puerta del Príncipe de su añorada Sevilla.

El primer premio a tan dura y larga etapa como novillero fue tomar la alternativa en Madrid, el Domingo de Resurrección del año 2000. Entonces se describía así: «El Cid es un chaval de Sevilla, nacido en Salteras, a quien lo poquito que tiene le ha costado mucho trabajo conseguirlo.

Después de seis años como novillero con caballos ha llegado la hora de tomar la alternativa en la plaza que me ha dado a conocer al mundo taurino. Estoy muy contento de intentar demostrar que estoy preparado para ser figura del toreo. Esa es mi meta».

El Cid repitió triunfo en 2010, que le valió un nuevo
Trofeo Yiyo en su 25º edición, que recibió de manos
del conocido tenista Feliciano López

La alcanzó. El Cid, que a pesar de ser sevillano nunca entró en ese peculiar concepto del «torero de Sevilla», atravesó a hombros la Puerta del Príncipe de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla hasta en cuatro ocasiones, y además puede presumir de ser el único torero que lo ha logrado con toros de Victorino Martín (en 2005, 2006 -tras encerrarse con seis astados en la Feria de San Miguel- y 2007). Junto a El Juli, es el torero en activo que más veces ha abierto la puerta que lleva en el corazón la estatua de Juan Belmonte al otro lado del puente de Triana.

En dos de esos mismos años, 2005 y 2006, también lograría el de Salteras el sueño de abrir la Puerta Grande de Las Ventas.

Aún recuerdo su rostro la primera vez que lo logró. Esa cara pletórica, como la de un niño que acaba de recibir sus regalos de Reyes después de pedirlos un año tras otro y de que un año tras otro se quedase con las ganas de encontrarlos bajo el árbol. Esa sonrisa abierta. Franca. Noble. Ese gesto de emoción incapaz de contener, que se le sale del rostro y convierte cada surco de su piel curtida en la medalla perenne de un guerrero que, a fuerza de velar imaginarias, quedó para siempre con la vista puesta en el resplandor de un rayo de luz que se adivina a lo lejos, en el horizonte de una noche cerrada, y que, con apenas un fogonazo, transforma la oscuridad de una vida de lucha y sinsabores en el fulgor perpetuo que solo se adivina en la verdad del arte.

Porque «el arte transforma y transfigura esos deseos semisecretos, semiprohibidos, eternamente temidos: les da una forma, una figura, manteniendo de ellos lo que tienen de fuente de vitalidad» (Eugenio Trías, Lo bello y lo siniestro, Ed. Ariel, Barcelona, 1992). El arte redime. Duele y sana a un tiempo. Da sentido a lo que no lo tiene. Golpea y acaricia. Hiere y cicatriza. Como el toreo, arte superlativo. Bello. Sublime. Siniestro y, por ello, místico. Trágico. Un camino irremediable hacia la Verdad.

Noelia Jiménez
Periodista y Socia de la Peña Taurina «El Rescoldo»