Semblanza bio-bibliográfica

Semblanza biográfica

por Gerardo Cornejo

Hay una norma que exhorta a no hablar de uno mismo a la hora de escribir sobre un asunto. Me la voy a saltar a la torera contando que, hace años, tomé la decisión de residir en Colmenar Viejo. Desvelaré también que padezco el mal del coleccionismo de libros. Si a esto le añadimos mi afición por los toros, comprenderán que me haya resultado imperioso aproximarme al “caso Fernández Salcedo”.

Hablo de “caso” porque estamos ante uno de esos fenómenos curiosos y difíciles de explicar en el mundo de la bibliofilia: me refiero a que sus libros, en especial las primeras ediciones, se han revalorizado notablemente, llegando a pedirse por un ejemplar original del Diano entre 150 y 300 euros. A esto ha contribuido el hecho de que sus primeras ediciones estuvieran compuestas de tiradas cortas (salvo las editadas por organismos oficiales, el resto fueron iniciativa del propio autor o de su círculo de amistades). Ahora bien, ésta sería una razón necesaria pero no suficiente para explicar lo anterior.

Hablo de “caso” también porque, siendo la suya una prosa alejada de los gustos estilísticos del presente, sin embargo, su obra taurina lleva tiempo asentándose como una las referencias inexcusables, gozando de un consenso poco habitual. Quizás solo quepa dar razón del fenómeno adentrándonos en su vida y en su obra, para comprender in medias res que estamos ante una de las aportaciones esenciales a historia de la literatura taurina.

Fernández Salcedo, el día del homenaje a Manuel García-Aleas, organizado por “El Rescoldo” en Madrid, el 16-12-1984. Ambos fueron Socios de Honor de la Peña.

Biznieto del gran Vicente Martínez, nacido en Colmenar Viejo un 3 de septiembre de 1901, Luis Vicente Fernández Salcedo fue testigo del cruce ibarreño decido por su tío abuelo Luis Gutiérrez a través de la incorporación a la ganadería del antes mentado Diano. Un cruce que se reforzaría posteriormente con la llegada de Ramito y Vinagrero (adquiridos a Don Fernando Parladé). De esta manera, la ganadería (que ya en tiempos de Don Vicente había recurrido a un toro de casta vazqueña) fue diluyendo los caracteres de la casta Jijona original para acabar dando un producto que casaría con las preferencias de la mayor figura del momento: Joselito “El Gallo”. Esta fijación del mandón del toreo por una determinada ganadería iniciaría una época en la que aún seguimos insertos, y que el intranscendente episodio del bombo en la reciente feria de otoño no parece que vaya a cambiar.

Mientras su tío Luis Gutiérrez y, después, su padre Julián llevaron las riendas de la ganadería durante las edades de Oro y Plata del toreo, el niño residió desde 1908 con sus abuelos en Madrid, desplazándose a Colmenar en fechas estivales. Algo parecido se puede decir de la familia Bollaín, con cuyos hijos Adolfo, Pepe y Luis trabó una amistad fundamentada en su común afición taurina. Al parecer dio mucho la lata el joven Luis hasta conseguir un abono contiguo al de sus amigos en la grada del ocho; no fue hasta lograr acabar el curso con Matrícula de Honor cuando consiguió vencer, por fin, la oposición del abuelo. “El padre (de los Bollaín) era esencialmente torista. Tenía una facilidad extraordinaria para juzgar a los toros de salida y yo era un discípulo aventajado en la materia”, reconoce el propio Don Luis en el prólogo al libro de Adolfo Desde la grada 8ª. En 1918 cambió de localidad para compartirla con su padre en el tendido 2: su plaza en la grada la ocupó, en turno de ascenso, el pequeño de la familia, el también futuro escritor y gran amigo de Juan Belmonte, Luis Bollaín.

En esos años de adolescencia y juventud se hizo gallista, por lo que presenció en la Plaza y por la estrecha amistad que existía entre su familia y el diestro sevillano, el cual había elegido a los toros de Vicente Martínez como una de sus ganaderías predilectas. Su militancia joselitista consistía en una concepción del toreo que giraba en torno a la condición del toro, en una época, recordemos, de enorme variedad de encastes y en la que los animales presentaban un comportamiento lleno de dificultades. Algo que solo se podía vencer con un extraordinario conocimiento de la técnica y de los recursos. Y Joselito era la conjunción de dominio y estética; el ideal encarnado en la figura del momento.

Nuestro protagonista finalizó los estudios de ingeniero agrónomo y cuando, por sucesión natural, le hubiera correspondido asumir las riendas de la ganadería, la trágica guerra civil esquilmó el legendario legado. Fallecido su padre en 1938, lejos de incorporar este dramático episodio a su vida con rencor o melancolía, este ganadero sin ganadería de ejemplar sindéresis, volcó sobre el papel el conjunto de experiencias y trayectorias que confluían sobre su persona. Adoptó la disciplina de acudir al Casino para, a modo de ejercicio, conseguir rellenar al menos cuatro cuartillas diarias. Los primeros escritos serían la base de las conferencias que empezó a dictar, simultaneando la temática agrícola y la taurina. A partir de ahí comenzó a brotar una obra peculiar y variada: relatos, artículos, ensayos, anecdotarios, estampas.

Es lugar común hablar del carácter costumbrista de sus libros, del sabor campero que emanan. A través de sus páginas asistimos a tertulias, a querellas, a viajes de aficionados por las plazas de España, pero, sobre todo, a todo tipo de escenas relacionadas con la cría del toro bravo: una trashumancia, un herradero, una tienta, una mudanza, un embarque, un apartado o un encierro. Nos hace revivir, con la inquietud propia del ganadero, una decisión crítica como la de un cruzamiento de sus hembras. Fernández Salcedo era torista, pero de cuando “ser torista” significaba “ser entendido en toros”. Esta militancia, así entendida, se llevaba con tal orgullo que Luis Bollaín llegó a escribir allá por 1951 que “de Colmenar -la tierra de los toros- no ha salido ningún torero. ¡Y a mucha honra!”.

Fernández Salcedo acabó sabiendo de ese gran y último misterio que es la bravura. Hombre cultísimo, manejaba con sumo rigor datos del siglo XIX en los que apoyar sus recreaciones literarias. Podemos considerar Trece ganaderos románticos su gran obra referida a esa época, mientras que Diano lo sería de la primera mitad del Siglo XX.

A este privilegiado conocimiento del toro hay que sumarle una sutil y poco común profundidad de crítica. Lo explica muy bien su paisano y legendario ganadero, Don Manuel García-Aleas: “ha enjuiciado el toreo desde el punto de vista del ganadero y, como amigo y admirador de un gran torero, puede como pocos ver esas corruptelas y hacer una crítica sana y eficaz”. Es decir, que será el ventajoso mirador de las entretelas del taurineo al que tenía acceso lo que transformará en crítica, en lugar de limitarse a realimentar la opacidad que caracteriza a ese mundo.

Y no lo hará de cualquier manera. Los procedimientos y herramientas que emplea son de un espíritu crítico elevadísimo, poco frecuente en la bibliografía taurina. Recurrirá a ideas como “relatividad”, “verdad y mentira”, de innegable estirpe dialéctica, para ensayar aproximaciones luminosas a problemas recurrentes que enfrentan en discusiones a los aficionados, esclareciéndolos, definiéndolos con propiedad, ordenándolos, y no aportando más oscurantismo sobre aspectos tan habitualmente resueltos en tópicos y simplistas dualismos.

Es así como la obra de Fernández Salcedo acaba sobrepasando la perspectiva taurina; cómo las anécdotas de los Cuentos del viejo mayoral (posiblemente su obra cumbre) se elevan a categoría; cómo la vida que transcurre en sus páginas representa un crisol ético y moral donde se fusionan los dos mundos taurinos que tantas veces se han dado la espalda mutuamente: el del campo (ganadería) y el de la ciudad (la Plaza, la Cátedra). Recurrentemente leemos en los prólogos que sus amigos escriben a sus libros, a modo de alabanza, que Don Luis reunía en su persona los conocimientos prácticos y teóricos, refiriéndose con los prácticos al primer mundo y con los teóricos al segundo. Quizás el “caso Fernández Salcedo” no consista en otra cosa que en la tan necesaria fusión de esos dos ámbitos supuestamente antitéticos que todo buen aficionado debería poder armonizar en su mirada.

Como dijo Rafael Campos de España, “leyendo los libros de Luis, uno se vuelve bueno, aunque los instintos se le resistan; se ríe y sonríe, aunque la mueca le tuerza los ensueños y… sobre todo, aprende (…) Lo fundamental en ellos es la sangre viva de esa pequeña historia de cada día, que va haciendo la gran historia de los hombres y las cosas”.

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Luis Fernández Salcedo dedica unas cariñosas palabras al último representante familiar de la ganadería de Aleas.