El 22 de mayo del año 1975 y el 7 de junio de 1985 son dos fechas grabadas con letras de oro en la historia de la Monumental plaza de toros de Las Ventas. Cincuenta y cuarenta años, respectivamente, de las faenas de Paco Camino al sobrero ‘Despacioso’ de la ganadería de El Jaral de la Mira y de Antonio Chenel ‘Antoñete’ al toro ‘Cantinero’ del hierro de Garzón. Dos cualificados testigos directos de aquellas memorables tardes, Víctor Gómez Pin y Agustín Díaz Yanes, nos recuerdan cómo vivieron sendos hitos de los que en este San Isidro se han conmemorado aniversarios redondos.

Resurrección. Paco Camino, 22 de mayo de 1975

Yo vivía entonces en París y había viajado a Madrid por asuntos que no vienen a cuento. Casi todo se ha esfumado de mi memoria, y seguramente esta es selectiva. Mis imágenes es muy posible que no coincidan con las de otros espectadores de la corrida, algunos amigos míos (Agustín Díaz Yanes y Fernando Savater, entre ellos). No pido excusas por esta muy probable inexactitud, todos sabemos que cada espectador de algo que impacta reconstruye involuntariamente lo acontecido.

Recuerdo un día gris y hasta lloviznando (de hecho, en consonancia con la atmósfera política del país por aquellos días), y en la plaza un público crispado, como determinado por un sesgo negativo, que el transcurrir de la corrida venía a justificar: flojera de los toros, incumplimiento del reglamento en la suerte de varas, dudas de la presidencia…

Condenado, creo, el toro a banderillas negras (¿o este fue otro toro también prodigiosamente lidiado por el mismo torero en la Monumental de Barcelona?),

Camino empieza su faena de muleta en las tablas. El toro, que ya había doblado varias veces, al primer tanteo se cae, el bullicio es monumental, los gritos de “¡Mátalo!” proliferan. De nuevo el toro en pie, Camino es el único que parece no renunciar totalmente. Ante la sorpresa de todos, se lo lleva a los medios. Un par de tandas y el toro parece pasar… cuando, de nuevo, genuflexión y desplome. Camino mira a los tendidos alzando los brazos en señal de impotencia. Entre el vocerío, aplausos de comprensión para el torero.

Camino se vuelve hacia el toro, aun en el suelo, y algo pasó por su cabeza. Tiende la muleta consiguiendo alzarlo, y lo mantiene en pie tirando literalmente de su andar (más que embestir) cansino. A cada pase, sin embargo, el toro va transformándose; se diría que está aprendiendo a actualizar su condición natural, como si ésta hubiera sido puesta entre paréntesis por una suerte de ausencia de educación, a la que está poniendo remedio su cruce con un maestro sabio. Ya seguro éste de haber cumplido el prólogo de su tarea educativa, se echa la muleta a la izquierda. La intensidad de la faena es en mi memoria directamente proporcional a la brevedad: una primera tanda en la que el animal aún parece ofrecer resistencia a sacar el tremendo potencial que lleva dentro, pero, a la segunda tanda el toro embiste con insólito vigor. Templado por la mano mágica de su educador, al actualizar su bravura y su nobleza, había incluso recuperado su fuerza. El último natural nos levanta estupefactos. Camino se acerca a las tablas, toma la espada y vuelve a los medios. La estocada es implacable.

En pie, nos felicitábamos mutuamente de haber asistido, de entrada, a la recuperación por un animal de su naturaleza, pero sobre todo a una suerte de resurrección de nuestro ser coral y afirmativo. Minutos atrás éramos presa de acritud y desencanto, y ahora se daba un gozoso acuerdo intersubjetivo, imposible de reducir a explicación objetiva de lo que había sucedido: tal es lo que une a los seres de razón cuando surge esa singularidad absoluta, esa emergencia, que es la obra de arte.

Víctor Gómez Pin. Catedrático de Filosofía


Paraíso antoñetista Antoñete, 7 de junio de 1985

En la última corrida de la feria de San Isidro de 1985, día 7 de junio, Antonio Chenel ‘Antoñete’ le cortó las dos orejas al toro ‘Cantinero’, perteneciente a la ganadería de Garzón. Iba vestido de lila y oro (después llamado -en su honor- Chenel y Oro). Yo estaba allí con mi mujer, que era y es una antoñetista absoluta y amigos muy queridos. Vi la faena en nuestro abono de la última fila del tendido 3. En un tendido de sombra, justo detrás de Ángel Luis Bienvenida, estaban mi padre, banderillero de toros, y mi madre, manoletista, paulista y antoñetista.

Ahora, cuarenta años después, me piden que recuerde esa tarde. Una tarde memorable, apasionada y en la que los asistentes pasamos -como tituló Barquerito en su crónica- dos horas en el Paraíso. Añadiré, por mi cuenta, que ese paraíso era el paraíso antoñetista: un paraíso distinto a todos los demás.

Mis recuerdos son fragmentarios, algunos, con toda seguridad, equivocados, entre otras razones porque la faena a ‘Cantinero’ la vi en un trance.

Recuerdo, eso sí, que después de una lidia perfecta y jaleada de Martín Recio y de dos pares monumentales de Montoliu (el segundo, o quizá el primero, ha sido el mejor par de banderillas que he visto en mi vida), Chenel cogió la muleta y se fue a la primera raya (su terreno ideal para torear: entre las dos rayas y paralelo a las tablas). Le dio distancia al toro, lo citó, y todavía no había empezado a torear y ya se palpaba en el ambiente que podía ocurrir algo extraordinario. Y ocurrió.

Y lo que ocurrió trascendió lo estrictamente taurino para convertirse en una epifanía. No voy a intentar describir la faena, me resultaría imposible. Sólo puedo decir que aunque haya habido faenas mejores -muy pocas y algunas del propio Antoñete-, la faena al toro ‘Cantinero’, por los años en los que se produjo, por la edad de Chenel, por la irrupción en Las Ventas de una generación que jamás había visto torear tan clásico, tan puro, por el aire de melancolía del maestro, por los años perdidos sin el, y porque, al margen de edades, de estadísticas y de figuras y figuritas, Antonio Chenel ‘Antoñete’ era uno de los nuestros: un torero de leyenda, la faena a ‘Cantinero’ fue arrebatadora y sobrenatural.

En mi caso, además de la vorágine del toreo antoñetista al natural (junto con la de Camino la mejor mano izquierda del toreo), lo que también se me quedó grabado nítidamente, es la suavidad con que Chenel cogió las orejas y las paseó despacioso por el ruedo de Las Ventas, con la elegancia de lo que siempre fue, un aristócrata del pueblo.

Agustín Díaz Yanes. Director de cine.