Yiyo en su salida a hombros de Madrid la tarde del 1 de junio de 1983, que le lanzó como ilusionante figura, con sólo 19 años de edad

La feria de San Isidro de 1983 llevó el nombre de José Cubero “Yiyo”. Aquella primavera de hace cuarenta años, el madrileño vivía momentos difíciles. Ya había pasado la expectación de sus años como novillero puntero -en 1981 abrió la Puerta Grande de Las Ventas-, y el gran ambiente con el que llegó a la alternativa también se había atenuado. Las empresas quisieron pararle. Algo incomprensible, pues Yiyo estaba en la mente de los aficionados como uno de los toreros capaces de mandar en el futuro más inmediato de la Fiesta.

Para el torero de Canillejas 1983 era su segunda temporada completa como matador de toros, pues 1981, año en el que tomó la alternativa en Burgos, lo cumplimentó en su primera parte como novillero. Desde el 30 de junio ya lo hizo como matador de toros. Esa temporada, y la de 1982, Yiyo tuvo tardes buenas, pero faltaba el refrendo de un éxito rotundo en Madrid.

No lo tuvo fácil Yiyo hasta dar el salto definitivo. Sin suerte en sus dos tardes de San Isidro de 1982, una de ellas la de la confirmación de alternativa, la llegada de 1983 se presumía como decisiva para José Cubero. Pero entrados en ese nuevo año tampoco lo tuvo nada sencillo meter cabeza en Las Ventas. Interiormente, aunque los entrenamientos se le ponían cuesta arriba al verse parado, era consciente de que ya había dado un paso adelante muy importante en su concepto del toreo. En esos momentos su madurez era mayor y una vertiente más artística y profunda a la hora de manejar capote y muleta era evidente.

Su apoderado, Tomás Redondo, al que Yiyo estaba unido desde sus inicios, no se entendió con Manolo Chopera a la hora de ajustar la contratación de su torero para ese San Isidro de 1983. El empresario vasco le abrió un hueco al de Canillejas en la corrida del Domingo de Resurrección. De lo que pasase ese día dependía su contratación definitiva para la feria. Chopera le ofrecía una sola corrida a Yiyo y su apoderado quería dos. Las conversaciones quedaron aplazadas hasta después de La corrida del 3 de abril, en la que Yiyo toreó con Curro Vázquez y Tomás Campuzano, ante toros de Núñez Hermanos.

Pero Yiyo no pudo tener peor suerte. Como le había ocurrido el año anterior, cuando su último toro de San Isidro se mató contra un burladero, en esta ocasión su primer toro de Núñez se partió una pata durante el tercio de banderillas. No hubo lugar a la devolución y a Yiyo no le quedó más remedio que estoquearlo. Todo quedó aplazado para el sexto. Y tampoco fue posible el éxito. La sensación de derrota fue indisimulable.

A los pocos días de esta corrida Manolo Chopera y Tomás Redondo hablaron de nuevo de San Isidro. La oferta por parte del empresario seguía siendo la misma: una única corrida, la de Luis Algarra. El apoderado no se conformó y pidió una segunda tarde. Como ninguna de las partes abandonó su postura, Yiyo se quedó fuera de San Isidro.

Dos tardes que marcaron a
Yiyo en Madrid en 1983.
La del domingo de
Resurrección, 3 de abril,
en la que no tuvo suerte y
le dejó fuera de San Isidro.
Hasta que llegó el 22 de
mayo la primera de las tres
sustituciones que terminó
cogiendo en la feria.

La situación se le complicaba mucho al torero madrileño, pues la agenda de su apoderado estaba vacía de contratos. Pero dos días antes de que diera comienzo San Isidro, Roberto Domínguez sufrió un accidente de moto, lo que le hacía imposible poder torear la corrida del domingo 22 de mayo, donde estaba anunciado, precisamente, con el encierro de Luis Algarra, el mismo que se le había ofrecido a Yiyo.

Ante esta baja, Chopera barajó varias posibilidades, pero al que llamó primero fue a Yiyo. De nuevo le ofrecía torear esa corrida antes que a nadie. Ahora la pelota estaba en el tejado del torero madrileño. Yiyo y Redondo decidieron torear. Chopera agradeció el sí de Yiyo y lo tuvo en cuenta.

Llegado el día, Yiyo se vistió de rosa y oro para alternar junto a Jorge Gutiérrez y Curro Durán. Y la suerte le tenía reservado un toro que le cambió la vida. Su nombre era “Lanzaquema”, un toro de Antonio Ordóñez que había llegado para remendar la corrida de Algarra. Ese astado, número 19, de 522 kilos, fue trascendental. La rotundidad que Yiyo demostró, pese a que el presidente no atendió la concesión de la segunda oreja -solicitada mayoritariamente por el público- le sirvió para demostrar que había que contar con él. Ese toro lo lidió como segundo de la tarde, y con el quinto, muy complicado, se volvió a jugar la vida. No hubo salida en hombros, pero la unanimidad de la afición y de la prensa fue incontestable. Yiyo volvía a contar.

A Manolo Chopera se le presentó de nuevo un contratiempo en San Isidro con la cornada sufrida por Espartaco en Osuna unos días antes de su paso por Madrid. La baja del sevillano dejó libres dos puestos en la feria: uno en la corrida de José Luis Marca y otro en la de Alonso Moreno. La primera sustitución fue para José Antonio Campuzano y la segunda para Yiyo. De esa manera, al madrileño se le presentaba una nueva gran oportunidad.

Y Yiyo no la desaprovechó. El 1 de junio de 1983 abrió la Puerta Grande de Las Ventas. Sus compañeros de terna fueron Ángel Teruel -que ese día cortó su última oreja en Madrid- y el mexicano Miguel Espinosa “Armillita”. José Cubero volvió a estar a un grandísimo nivel. No se dejó nada por hacer y le cortó una oreja a cada toro que estoqueó. El primero de Alonso Moreno y el segundo un sobrero de Bernardino Giménez llamado “Triunfador”. En la malograda trayectoria de Yiyo hubo faenas más redondas, pero la que le hizo a ese sobrero fue una de las más meritorias y rotundas, por las complicaciones del toro, y por la verdad con la que José se jugó la vida.

Al día siguiente todos los titulares de la prensa fueron para él. “Yiyo, torerazo”, llevó en su crónica Joaquín Vidal en El País. “Yiyo, la revelación de la feria”, tituló Manolo Molés en Pueblo. “Yiyo, el triunfo de la verdad”, escribió Alfonso Navalón en las páginas de Diario 16. Lo que Yiyo estaba esperando había llegado. Tras ese triunfo se le ofreció la corrida de Beneficencia, mano a mano con Luis Francisco Esplá, pero antes tuvo ocasión de hacer de nuevo el paseíllo en San Isidro.

El 2 de junio Paco Ojeda -el otro gran triunfador de esa feria- sufrió una fuerte cogida en Toledo, lo que le impidió torear al día siguiente en Madrid. Chopera no lo dudó y la sustitución se la ofreció de nuevo a Yiyo, al que no le importó volver a Las Ventas. Todo lo contrario, estaba deseando hacer de nuevo el paseíllo ante una afición que se lo había dado todo. Antoñete y Tomás Campuzano fueron sus dos compañeros de cartel, y faltó muy poco para que Yiyo saliera de nuevo a hombros ese 3 de junio. Otra vez las dos caras de su toreo se combinaron a la perfección. El temple se impuso en su primera faena a un toro de El Viti, donde perdió la oreja por fallar con la espada. Y se la jugó con el sexto, de Garzón, toro manso y sin clase, al que se impuso con un valor tremendo. Le cortó una oreja, la cuarta que paseaba en una feria en la que no había sido invitado de primeras, pero de la que se convirtió en protagonista principal al dar la cara en tres tardes impecables y fundamentales para su futuro.

La prensa recogió el triunfo de Yiyo con unánimes titulares de reconocimiento,
como los del desaparecido Diario Pueblo.

A Yiyo aún le faltaba rematar en la Beneficencia. Y lo hizo en un inolvidable mano a mano con Esplá, pues ambos toreros salieron en hombros, dándose la circunstancia de que a José Cubero le sacaron por la Puerta Grande pese a cortar tan solo un trofeo.

Fue entonces cuando ya nadie dudaba de que Yiyo había dado un paso de gigante en apenas tres semanas. Y todas las ferias se le abrieron de par en par. José Cubero se convirtió en figura del toreo, aunque apenas si pudo disfrutar de esa condición. Todos sabemos lo que dos años y medio después pasó en Colmenar Viejo. Pero el recuerdo de aquella primavera de 1983, de la que este año hemos celebrado su cuarenta aniversario, es imborrable. Como lo seguirá siendo por siempre Yiyo.

Alfonso Santiago.

Periodista y autor del libro “Por siempre Yiyo”.