Cuando Gregoria y José le compraron al chiquillo la Werlisa no imaginaban el lío que estaban a punto de formar.

Tampoco Vicente Castell Alonso cuando, allá por 2002, puso en el camino de Fernando Cuadri a un chaval con cara de niño bueno, vestido como un pincel y con una Nikon colgada al cuello con la que acababa de fotografiar la corrida recién lidiada en la Feria de la Magdalena de Castellón. – Fernando, te presento a Javier Arroyo, un antiguo alumno mío del instituto. De mis mejores alumnos de dibujo. Le encantan los toros y ahora quiere ser fotógrafo… y bueno, le gustaría mucho hacer fotos de toros.

Fernando y Javier se dieron la mano. El ganadero también le dio su número de teléfono al chaval, consciente de que abrir las puertas del campo es apuntalar la afición a la tauromaquia. Con lo que no contaba Cuadri era con que aquel fotógrafo de Castellón haría de Comeúñas su segunda casa durante varios años. Que no se conformaría con ir un día, o con alargar el viaje cuatro o cinco jornadas. Que se subiría en un coche de Castellón a Huelva un viernes para, después de diez horas conduciendo, pasar el sábado retratando cada faena del campo y el domingo, de nuevo, diez horas más de vuelta a Castellón para trabajar el lunes. Así varias veces, en distintas épocas del año, siempre que no había ocasión de coger un vuelo Valencia-Sevilla para, desde allí, conducir a la finca de Cuadri.

El resultado se llamó La sombra del toro y dio luz a un universo tan fundamental como desconocido: la cría del auténtico protagonista de la tauromaquia, sin el que nada tiene sentido, o sea, el toro.

Era 2004. Hacía exactamente veinte años que había caído en las manos de Javier aquella Werlisa Club Color que sus padres le regalaron por su Primera Comunión. El chiquillo fue pasando de retratar las vacaciones familiares en Huéscar con aquel objetivo 38 mm a aprender fotografía en talleres de Castellón, para después comprarse su primera Nikon y quemar carrete con todo aquello en lo que pudiera hacer que el tiempo se detuviese, entretenido en el capricho de la luz meciéndose por los rincones de una escena en la que está pasando incluso lo que no llegará a pasar nunca.

Podía ser la estela de las luces de un metro en las entrañas de París. O el sol jugando a colarse en la quietud oscura de la portería del colegio de las Teresianas de Barcelona, una de las obras más desconocidas de Gaudí. Uniendo los puntos hacia atrás, como decía Steve Jobs, todo parece tener sentido. No puede ser casualidad que la primera exposición de Javier Arroyo, París, siglo XXI (2000) fuese dedicada a la ciudad de la luz y, la segunda, Gaudí, arte y modernismo (2002), a un genio con unas dotes únicas para hacer del espacio, el volumen y el color un auténtico canto a la autenticidad y a la alegría mediterránea.

Dos declaraciones de intenciones que, a la postre, serían las precursoras de su manera de crear en La sombra del toro (2004) la luz de un espacio único que envuelve esa magia imposible de contener en palabras que es la bravura del rey de la dehesa.

Al toreo había llegado Javier de la mano de su padre. Con él se sentaba en los tendidos de la plaza de Castellón para admirar a Espartaco o Paco Ojeda. Y cuando acababa La Magdalena, la afición seguía: el chiquillo –que así le llamaron siempre José y Gregoria– salía del instituto y se iba al bar de sus tíos para ver los toros por Canal +.

Junto a su padre comenzó también Javier a fotografiar tardes de toros. En el tendido. Procurando comprar entradas bajitas –hasta donde llegase el bolsillo–, para que el plano fuese lo más parecido posible al que podría conseguir si se colocaba en el callejón. Sin pedir nunca un pase. Así fotografió a Joselito o Enrique Ponce. A Rivera Ordóñez. A Jesulín de Ubrique. A Finito de Córdoba. Así empezó a publicar en los portales Burladero.com. En Mundotoro.com. En Aplausos.

Así contó la historia de los últimos años de la Monumental de Barcelona. Subiendo cada domingo a la Ciudad Condal para que en su cámara se detuviera para siempre la bravura de Idílico, sí, el valor de José Tomás, también, pero, además, por qué no, el vuelo sutil de los flecos de un mantón de Manila enredándose en los deseos de que aquella magia no acabase nunca.

Porque como escribió su mentor, Castell Alonso, en el prólogo del libro La sombra del toro, Javier Arroyo es «un hombre lleno de sensibilidad que ha conseguido plasmar con un sentido de la composición y la luz una obra de gran calidad artística». No hay historia pequeña en la mirada del chiquillo, que ya peina canas pero sigue teniendo las pupilas brillantes y la sonrisa sin doblez. Puede ser la mirada inescrutable (¿o no?) de José Tomás a Talavante el día de la alternativa de Diego Silveti. O la serenidad majestuosa –qué otro adjetivo elegir– de El Viti en la biblioteca de la Universidad de Salamanca (Paseíllo literario, 2012). Y pueden ser, también, unas medias tendidas en la azotea de un hotel (De blanco y azabache, 2008). O un papel con números del 1 al 65, arrancado de una libreta y tendido al sol sujeto por una piedra (La sombra del toro).

Cuando la luz se lleva dentro, los disparos deshacen las sombras y se revela lo más auténtico del ser humano: el deseo inalcanzable de que cada momento no pase, que se quede, que se quede ahí, brillando, moviéndose en la quietud de un instante que siempre será decisivo mientras queden tras la cámara corazones capaces de componer la vida.

Noelia Jiménez.

Periodista.