Foto: Luis Sánchez Olmedo

Irse sin decir adiós es el modo más certero de quedarse para siempre.


Hay toreros que no se tocan la coleta por no cortarse un pelo. A otros, en cambio, las expectativas ajenas y los logros propios no les permiten cortar otra cosa que no sean orejas.


Hablo –mejor: escribo– de Enrique Ponce. Y tiene bemoles el asunto. Que escriba yo, que la última vez que lo vi en un sarao de los que la COVID se llevó le confesé, sin miedo pero con cierta vergüenza, que nunca había sido de su cuerda porque me despeñé por el furor taurino subida a los quereles de mi señor padre por Joselito.


Mi marido, poncista de pro, me miraba escandalizado. No es que le viera sus ojos, porque yo no despegaba los míos de los del valenciano –por aquello de que, si hay que morir de apuro, se muere con honor y con la cabeza alta–, pero sentía sus rayos de furia políticamente correcta –los de mi marido, digo– caer a plomo sobre mi atrevimiento.


En cambio, Ponce no alteró un ápice su cara de buena gente. Hasta parecía que me aguantaba la mirada con cierto cariño. Quién sabe, quizá le hizo gracia mi veleidad kamikaze, acostumbrada como está esta gente a recibir halagos cada minuto y medio (con puñales escondidos en ellos que vienen a darte la voltereta antes incluso de que el falso lisonjero se revuelva).


Tocaba escribir de Enrique Ponce y llevo dos semanas pensando quién soy yo para tocar la negrita de este caballero.


Busco una banda sonora que echarme a la piel por ver si consigo que se me erice el vello en mitad de la canícula de un verano que lleva desde la primavera dejándome fría. No quiero buscar estadísticas, ni leer reseñas o subirme a la morriña pixelada de YouTube –aunque confieso que termino creyéndome de nuevo una cría mientras veo el vaivén de quites entre Ponce y Joselito ante la mirada incrédula y un punto cándida del toricantano Rivera Ordóñez–.


No quiero volver al pasado, digo, porque siempre he pensado que un artista se la juega con el reloj de la eternidad y lo que tengo entre teclas es precisamente el adiós de uno de ellos.


Voy a por la música, pues. Del cajón desastre de una memoria tocada por la COVID persistente quieren asomar los acordes de La Misión. Vale, sí. Habrá quien diga (por enésima vez) que qué pinta Ennio Morricone sonando en una plaza de toros. Lo bueno (o lo malo) del toreo es que, como en el fútbol, todos tenemos una opinión que echarnos al hígado. Así nos (les, en realidad) luce el pelo.


Pero, más allá de la banda sonora de una carrera, la peli viene al caso por el trasunto de un personaje que no logra perdonarse a sí mismo.


Y eso es lo que no pocos –pocas y poques, por si acaso– han querido ver en el adiós de este señor. Una suerte de lucha personal consigo mismo que presuntamente ha resuelto tirando por el camino del medio.


Quizá fuera más fácil precipitar un final interruptus que enfrentarse al adiós por aburrimiento.


Porque hay que tener mucha afición, responsabilidad, compromiso o simple masoquismo para estar siempre ahí. Vengan como vengan. Llamen de donde llamen. Siempre dispuesto a abrir un cartel, a darle fuste a un coloquio o a tirar de una temporada pandémica que ni era temporada ni era nada, pero que tenía que parecer que era para que los cuidados paliativos de una fiesta enferma más allá del virus permitiesen alargar su vida un par de telediarios más.


No vamos a ponernos paños calientes en plena ola de calor: que Enrique Ponce tirase del carro era como dudar de Dios sabiendo que, por muchos pecados que cometas, ver la luz al final del túnel es garantía de salvación.


Pero claro, luego llegan los fuegos artificiales de las figuras 3.0 y empiezan a echar humo las calculadoras de los despachos, repletos de telarañas y de ‘palabras’ tan fiables como una mascarilla quirúrgica con treinta puestas.


Hace años que a Enrique Ponce se le atisba en la mirada la divisa de la nostalgia. No es tristeza ni pesar. Ni mucho menos pena. Es la evidencia inconsciente no de que cualquier tiempo pasado fue mejor, sino de que, simplemente, fue.


Que fue en su esencia. En toda su grandeza.
Que fue noble y majestuoso. Poderoso. Excelente.
Y generoso, también.


Que no le quedó nada dentro por entregar. Ni siquiera una sonrisa cuando la vida apretaba los dientes, confusa y caprichosa, entre los brillos de los alamares.


El que venga detrás, que arree. Y el que crea que va por delante, más.

Foto: Javier Arroyo

Noelia Jiménez
Periodista y Socia de la Peña Taurina «El Rescoldo»