Pocas veces un torero ha sido capaz de hacer brotar a borbotones la sublimidad en el ruedo tantas tardes. Tantas faenas maestras. Tantos momentos de pellizcos en el pecho, de olés a garganta partida, de corazones ingrávidos en busca de un pañuelo blanco que redimiera sus ansias de vuelos infinitos. Como el músico que acaricia las cuerdas, con temple y a la vez con firmeza, para arrancarles las notas más puras y componer con ellas una melodía de esplendor indescriptible,…